De la Teresa-I
TERESA RODRÍGUEZ, EMPRENDEDORA SOCIAL
"Yo no doy limosna"
Tengo 53 años. Nací en Salamanca y vivo en Barcelona desde hace 30 años. Estoy casada y tengo un hijo. Mi primer título de confección lo obtuve a los 13 años. Durante 12 años trabajé en Wad-ras, la prisión de mujeres de Barcelona. Creé y dirijo la Fundación Ared, para la reinserción social de mujeres de terceros grados penitenciarios
Cuando empezó a trabajar en la cárcel como monitora de costura, Teresa se dio cuenta de que las mujeres que habían cumplido sus condenas volvían a delinquir por falta de dinero y posibilidad de ganarlo. Decidió ayudar a algunas pagándoles el alquiler del piso o dándoles dinero para comer, y resultó que éstas no recayeron. Esa idea evolucionó hasta convertirse en la Fundación Ared, que empezó en un pequeño local de la cárcel de Wad-ras. Hoy la fundación da clases, talleres de costura, cocina y trabajo a 140 mujeres. Si quieren comprar manteles, fundas de colchón, cojines, velas y vestiditos para niños pintados a mano, la tienda está en la calle Zamora 103, y si quieren colaborar, hoy, en Luz de Gas, hay un concierto benéfico de Elefantes. "¡No hay costureras más motivadas!"
IMA SANCHÍS
-En la cárcel de Wad-ras me di cuenta de que las mujeres volvían a delinquir porque no tenían posibilidad de encontrar trabajo. Con cuatro alumnas del curso de formación profesional ocupacional de confección del centro penitenciario construimos una cooperativa de confección industrial para que estas mujeres pudieran tener unos mínimos recursos económicos.
-¿Por qué decidió ayudar a las presas? -Yo provengo de una familia de nueve hermanos. Siempre he querido estudiar, pero no teníamos recursos. Me rebelé contra ese hecho y me identifiqué con todos los que como yo no podían estudiar. Me fui interna con unas monjas y aprendí a coser.
-¿Y decidió enseñar a otras? -Sí, iba con unas misioneras a enseñar a las gitanas y acabé montando un taller propio en mi casa. Recuerdo que a mi madre no le gustaba que vinieran gitanas a casa, así que las vestía como reinas, las disfrazaba de payas, tanto es así que todas acabaron casándose con hombres estupendos.
-¿Siguió estudiando? -Sí, cuando me vine a Barcelona me titulé en una escuela de diseño y patronaje industrial. Para poder pagármela trabajaba de auxiliar de clínica. Luego monté otra academia de confección para seguir dando clases a mujeres sin recursos, hasta que fui contratada como monitora de confección en Wad-ras, donde estuve 12 años.
-¿Y cuáles son sus conclusiones? -Tengo clarísimo que a las mujeres que están en prisión hay que darles una oportunidad, dos, y cincuenta si es necesario.
-¿Por qué lo tiene tan claro? -Desde que fundamos Ared en 1994 han salido adelante más del 65% de internas. El año pasado matriculamos a 140, de ellas 40 están contratadas, el resto viven con rentas mínimas y sólo un 15 por ciento ha regresado a la prisión. Cuando empezamos a enseñar a las presas en un pequeño local dentro del propio Wad-ras, me di cuenta de que las mujeres que salían de la cárcel a las que yo ayudaba no volvían a delinquir.
-¿Cómo las ayudaba? -Pues pagándoles el alquiler del piso o dándoles cada mes dinero para comer.
-¿De dónde sacaba el dinero? -De mi doble jornada. El dinero que ganaba como diseñadora y patronista en una casa de vestidos de premamá lo destinaba a ellas.
-Eso es ser muy generosa. -Para tener el dinero en el banco, mejor invertirlo en gente que lo necesita, ¿no le parece?
-¡...! -La mayoría ingresan en prisión por tráfico de drogas y muchas son consumidoras. Hay un gran número de extranjeras que huyen de la pobreza de sus países traficando. Las drogas destrozan muchas vidas. Pero es increíble la fortaleza humana, la capacidad de recuperarse; yo la vivo a diario.
-¿Cómo subsiste su fundación? -Contamos con distintos organismos públicos que subvencionan planes de reinser- ción, dinero privado y nuestras ganancias. Tenemos una veintena de mujeres en libertad condicional o tercer grado contratadas en el taller de confección, mujeres que por edad ya nadie quiere contratar.
-¿Y se las queda usted? -Sí. Y luego tenemos las mamás que no pueden contratar canguros y vienen cuando pueden para recibir la renta mínima y una beca de estudio que nosotros les damos.
-¿Es posible que su empresa llegue a ser competitiva? -Va a ser muy difícil porque las condiciones de la mayoría de estas mujeres no les permiten producir lo suficiente para autofinanciar al cien por cien su sueldo. El mundo de las mujeres sin recursos es muy complicado porque todas tienen varios hijos pequeños.
-Y mientras, los maridos ¿qué hacen? -Algunos trabajan y la mayoría duermen, pero no me quiero meter en eso. Prefiero decirle que nuestra producción es impecable: hacemos manteles, sábanas, fundas de colchones, vestiditos para niños... No podemos producir grandes cantidades pero sí ofrecemos gran calidad. En realidad un diez por ciento de las mujeres, las que están más sanas y tienen menos problemas familiares, sacan un 40 por ciento de la producción. El resto aprende, hace lo que puede.
-Entiendo. -Aun así calculamos que a finales de este año el cien por cien del coste total del salario de 30 mujeres saldrá de su propia producción. Y además este año tendrán paga extra.
-¿De dónde la piensa sacar? -Hemos organizado un concierto benéfico de Elefantes en la sala Luz de Gas de Barcelona. Mire, si yo quisiera trabajar con mujeres que no tienen problemas no hubiera montado una fundación, sino un taller de confección industrial. Si decido montar una fundación para personas muy frágiles, muchas de ellas en tratamiento de metadona, y la mayoría con críos pequeños, me traigo sus problemas al taller. Pero no me malinterprete.
-¿En qué sentido? -Yo no les estoy dando limosna. En diez años han pasado más de 400 mujeres y más de la mitad no depende ya de nadie. Es un gran esfuerzo el que hacen teniendo en cuenta su problemática. A los tres años la ley las pone en la calle y a mí no me parece justo: tienen que salir cuando están preparadas. Piense que la mayoría no ha ido al colegio.
-¿También les enseñan a leer y escribir? -Sí, y a las extranjeras les damos clases de catalán. Si todo eso no lo han aprendido de pequeñas y lo están aprendiendo de mayores, tres años son muy poco.
30 de juny del 2004-La Vanguardia

